Descubrimiento de Plutón

Cuando contemplamos el firmamento durante una noche despejada, los únicos planetas que pueden verse a simple vista son Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
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Fotografía de Plutón

Plutón | Autor: NASA | Licencia: Dominio público

Sólo con la ayuda del telescopio podremos observar los dos planetas más lejanos al Sol: Urano (descubierto en 1781 por William Herschell) y Neptuno (descubierto en 1846 por Johann Galle en una región calculada previamente por Urbain Le Verrier). Este último fue considerado un triunfo de la ciencia, ya que Neptuno se descubrió gracias a los cálculos matemáticos de Le Verrier basados en las pequeñas desviaciones que experimentaba la órbita de Urano, suponiendo que se debían a la atracción gravitacional de otro planeta que se encontraría a mayor distancia. De todas formas Urano y Neptuno continuaban manifestando irregularidades en su movimiento alrededor del Sol. Los astrónomos suponían entonces que más allá de estos dos, debería existir un noveno planeta cuya atracción gravitacional los afectara.

En la segunda mitad del siglo XIX comenzó una intensa búsqueda del astro que se pensaba era el responsable de esas alteraciones en los movimientos de Urano y Neptuno. Quien se destacaba en observar el cielo tratando de encontrarlo y muy conocido por su incansable exploración, era el astrónomo Percival Lowell, que decidió llamarlo: “Planeta X”. No fue sencillo como se esperaba y al morir Lowell en 1916, la mayor parte de las búsquedas ya habían sido abandonadas.

En el año 1929 el Observatorio Lowell de Flagstaff (Arizona) retomó la búsqueda del “Planeta X” iniciada algunas décadas antes por su fundador. Esos días un joven granjero de 22 años proveniente de Kansas llamado Clyde Tombaugh, había enviado al Observatorio Lowell una serie de detallados dibujos de las superficies de Marte y Júpiter. Los dibujos eran tan buenos, que cuando llegaron a las manos de Vesto Slipher, el entonces director del Observatorio y sucesor de Lowell, se sintió tan impresionado por su detalle y calidad que enseguida lo llamó y lo contrató.

Resultó una gran sorpresa para Clyde, quien rápidamente se presentó en el Observatorio de Flagstaff. Su trabajo consistía en estudiar placas fotográficas de una misma región del cielo tomadas en distintas noches. Las comparaba minuciosamente con el propósito de encontrar algún objeto errante, es decir que cambiara de posición con respecto a las constelaciones.

La tarea no era fácil: en cada placa aparecían miles y miles de estrellas, ya que el telescopio que utilizaba era de gran calidad, y en ese caos de puntitos había que captar a uno que cambiara de posición entre una foto y otra.

El 18 de febrero de 1930, Clyde Tombaugh notó que un objeto de magnitud 17 se había movido en las placas fotográficas tomadas en la región de Delta Geminorum en distintas épocas. Eso era justo lo que se trataba de encontrar, ya que al cambiar de posición a medida que transcurrían las noches, ello indicaba que no podía ser una estrella u otro astro fijo.

Lo meritorio de este notable hallazgo fue que se había logrado encontrar un astro cuyo brillo era al menos 100 veces menor de lo que se esperaba para un planeta que estuviera perturbando los movimientos de Urano y Neptuno. ¿Sería tan pequeño este planeta? ¿O tal vez su escaso brillo se debía a que era muy opaco?

Las observaciones de Plutón siempre han sido particularmente difíciles y recién en 1950 Gerard Kuiper logró realizar una medición aproximada de su diámetro, el cual estimó en poco más de 5800 kilómetros. Eso indicaba que su masa no era suficiente como para perturbar el movimiento de Urano y Neptuno y tal vez uno o más objetos más lejanos fueran los responsables de tales irregularidades. Quiere decir que el misterio del “Planeta X” actualmente sigue sin resolverse.